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CRÓNICAS DE CORREDOR PÚBLICO: Entre sotanas, overoles, lentejuelas y propiedad intelectual

·5 min de lectura·Fernando Martínez Macedo
CRÓNICAS DE CORREDOR PÚBLICO: Entre sotanas, overoles, lentejuelas y propiedad intelectual

Ser Corredor Público es una vocación seria. Pero quienes piensan que todo se reduce al escritorio se sorprenderían al saber que, en más de una ocasión, he tenido que disfrazarme, infiltrarme en fiestas o visitar los lugares más extraños en aras de evidenciar, entre otras cosas, infracciones en materia de propiedad intelectual, protegiendo así el capital intangible de nuestros clientes.

Este artículo es un recuento —verídico, aunque parezca broma— de algunas aventuras que me ha tocado vivir al momento de levantar ciertas actas de fe de hechos y, en algunos casos, al realizar notificaciones; y sirve también como antesala para una pregunta que nos confronta con la realidad práctica de nuestra profesión:

¿Existe una diferencia entre ostentarse e identificarse como Corredores Públicos desde el primer instante en una fe de hechos?

Pero no nos adelantemos. Primero, las historias...

1. La fe de hechos que me convirtió en "padrecito"

Tenía que constatar la comercialización de veladoras que infringían marcas tridimensionales registradas. El lugar era una fábrica con ambiente piadoso. Pensé que lo mejor sería pasar desapercibido, pues había sido advertido que los posibles infractores "ya se las olían". Así que recurrí a un querido amigo sacerdote y le pedí prestado su alzacuellos, ese cuello rígido blanco que usan los sacerdotes. Me vestí con traje negro, camisa blanca con alzacuellos, mi crucifijo… toqué, me vieron, me identifiqué, y entré como si viniera de la Curia misma.

Desde que llegué me trataron como a enviado del cielo: me ofrecieron café, galletas de monja (sí, esas deliciosas), me dieron un recorrido completo, me dejaron tomar fotos, me entregaron catálogos y hasta se tomaron fotos conmigo. Al final, dejé mi notificación formal. La recibieron con una sonrisa casi devota. Yo creo que pensaban que traía indulgencias para todos. Todo salió de maravilla.

2. Inspector Gadget en el taller

Otro caso, más tenso, fue en un taller mecánico autorizado por una importante marca automotriz. Había sospecha de venta de autopartes apócrifas, y yo tenía que comprobarlo. Me disfracé como ayudante de mecánico: overol grasiento, cara sudorosa, actitud de saberlo todo. Llevaba una microcámara oculta al puro estilo del Inspector Gadget.

El problema fue que no tengo la más peregrina idea de automóviles. No sé distinguir una bujía de cualquier otra cosa. Pero pregunté, observé, tomé fotos discretas, grabé, y —con algo de suerte— conseguí pruebas. Estaba nervioso, lo admito, pero al final logré todo lo que el cliente necesitaba. Salí conociendo lo que es un cigüeñal y con la sensación de misión cumplida.

3. Lentejuelas, trade dress y mucha brillantina

Un bar gay utilizaba, sin autorización del titular, su trade dress y demás derechos de propiedad intelectual. Había que entrar al bar y constatar tal situación. Justo el día que fui era el aniversario del lugar, y se había organizado una gran fiesta. Había una enorme fila para entrar, todos los asistentes iban ataviados con ropas llamativas, plumas, lentejuelas, arneses, ropa de cuero y, sobre todo, con la mejor actitud para echar fiesta. Y allí estaba yo haciendo la fila para entrar... pero sin la ropa adecuada. No se me ocurrió otra cosa que descamisarme. No tenía plumas ni lentejuelas, pero logré entrar.

Fue una noche verdaderamente divertida. Buena música, mucha energía y sí, toneladas de glitter que encontré días después hasta en el coche. Pero logré constatar todo: la escenografía, los letreros, los colores… El trabajo estaba hecho, sin que nadie notara mi presencia.

4. Amor de mentiras

En otra ocasión, me contrataron para dar fe de un evento comercial consistente en una fiesta que supuestamente era patrocinada por una famosa aplicación de citas y había que comprobarlo desde adentro, en el evento mismo, así que me puse en el mood indicado, me perfumé como Dios manda y entré al lugar con la mejor intención de ligar, bajé la aplicación, creé mi perfil y me lancé al ruedo. Hice varios swipe left, algunos swipe right, observé la dinámica del evento y confirmé la comisión de supuestas infracciones; eso sí, resultó en verdad entretenido.

5. Después de tantas aventuras, una pregunta queda flotando

¿Y si me hubiera identificado como Corredor Público desde el principio en cada uno de estos casos?

Tal vez me habrían negado el acceso. Tal vez me habrían ocultado las pruebas. Tal vez nada de esto hubiera funcionado. Y sí, probablemente tampoco me habría divertido tanto.

Pero más allá de lo anecdótico, hay un tema jurídico y ético de fondo: ¿Cuándo y cómo debe ostentarse o identificarse un Corredor Público al ejercer sus funciones en materia de fe de hechos? ¿Basta con identificarse al final? ¿Basta con identificarse ante el solicitante? ¿Debe hacerse desde el primer instante? ¿Y qué pasa cuando identificarse impide que se cumpla el objetivo legal de la diligencia o incluso cuando se pone en riesgo la seguridad del fedatario?

Ese es un debate profundo, que toca aspectos legales, probatorios y de integridad profesional. Y será el tema de la próxima entrega.

Conclusión

Por ahora, me quedo con estas historias. Porque a veces, para hacer bien el trabajo, hay que entrar con sotana, con overol, con glitter… o sin camisa, pero siempre con el compromiso con nuestros clientes.

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